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DORMIR EN LA TIERRA

Por José Revueltas

Pesado, con su lento y reptante cansancio bajo el denso calor de la mañana tropical, el río se arrastraba lleno de paz y monotonía en medio de las dos riberas cargadas de vegetación.

Era un deslizarse como de aceite tibio, la superficie tersa, pulida, en una atmósfera sin movimiento, que sobre la piel se sentía igual que una sábana gigantesca a la que terminaran de pasar por encima una plancha caliente. 

Las casitas de madera del puerto, montadas en zancos sobre la orilla del río para quedar a salvo de las crecientes, parecían temblar, con ligeras y cambiantes distorsiones, vistas a través del vaho abrumador, quieto, de un aire que no se movía, de un aire que estaba ahí, empezando, muerto como el agua de un estanque. De las casitas se elevaba trabajosamente, vertical y despacioso, trazando sobre el agresivo azul del cielo una apenas ondulada línea blanca de gis, un humo concreto, corporal, macizo, que no terminaría de salir nunca de las pequeñas chimeneas de lámina que se veían encima de los techos. Aquellas casas formaban, paralelas al Coatzacoalcos, la primera fila de un conjunto de callejuelas miserables, en la proximidad del muelle.

 

 

Fragmento del cuento Dormir en la tierra. Uno de los mejores cuentos mexicanos del siglo XX, hecho por el nacido en Victoria de Durango, Durango, el escritor, poeta y periodista, José Revueltas (1914-1976). Es el autor de innumerables cuentos y novelas, entre ellas El luto humano (1943) y El Apando (1969) entre otras. Ganador del Premio Villaurrutia en 1967, uno de los autores intelectuales que impulsaron el movimiento estudiantil de 1968.

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